Dr. Jaime Pahissa Campá
Presidente de la Asociación Argentina
de Tecnología Nuclear (AATN)
En los años ‘70 los países petroleros, principalmente los árabes, llevaron el precio del barril del petróleo a 40 dólares, un monto altísimo en esa época. Frente a esa situación, y ante las crecientes demandas eléctricas, el ambiente nuclear propuso construir más centrales, y fue justamente en esa década cuando surgieron la mayoría de las plantas nucleares del mundo. Pero la reacción de los petroleros no se hizo esperar y empezó una lucha muy fuerte –también en los medios y a través de ciertas organizaciones autodenominadas “ecologistas”- que durante varios años hizo que se paralizara la construcción de centrales nucleares a nivel global.
A partir de allí se profundizó la problemática del efecto invernadero debido a la emisión de gases como anhídrido carbónico, metano, y óxidos nítricos provenientes fundamentalmente de la quema de combustibles fósiles y como consecuencia del Cambio Climático, por lo que casi estrenando un nuevo siglo se hizo evidente la necesidad de seguir apostando a la energía nuclear como fuente de energía limpia y eficiente. La industria nucleoeléctrica pudo renacer nuevamente, en forma paulatina, incluso luego de Chernóbil, aunque en 2011 surgiría un nuevo cuestionamiento, esta vez como resultado del terremoto y tsunami que sacudieron a Japón aquel 11 de marzo, y que muchos lo entendieron como ‘un accidente nuclear’ cuando en realidad fue un cataclismo producto de la naturaleza.
Si bien la opinión pública se manifestó en contra de esta industria, y hasta ciertos funcionarios promovieron la idea de terminar con ella, la reactivación del sector no se detuvo. Sin embargo, y frente a las arrasadoras consecuencias del efecto invernadero, es evidente que el Planeta aún necesita más centrales nucleares. El Efecto Invernadero no tiene solución, pero puede dejar de acrecentarse si los países se comprometen a tomar las medidas necesarias, y es ahí donde la energía nuclear juega un rol preponderante, reemplazando en todo lo posible a los combustibles fósiles.
Una central nuclear de 1000 MWe produce anualmente:
-35 toneladas de residuos de Alta Actividad;
-200 toneladas de residuos de Media Actividad;
-y 300 toneladas de residuos de Baja Actividad, todos perfectamente gestionados.
Por oposición, una central de carbón de igual capacidad produce:
-7.000 millones de toneladas de anhídrico carbónico;
-5.000 toneladas de anhídrico sulfuroso;
-4.000 toneladas de óxidos nitroso-nítricos;
-360.000 toneladas de cenizas, de las cuales 450 toneladas son metales tóxicos (mercurio, arsénico, plomo, etc.) que quedan depositados en la biósfera.
Además, científicos del Instituto para Estudios Especiales de la NASA y del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia calcularon que si se hubieran reemplazado las centrales eléctricas de combustibles fósiles por centrales nucleares, se hubiera evitado la emisión a la biósfera de 64.000 millones de toneladas de anhídrico carbónico entre los años 1971 y 2009.
Si es que queremos seguir adelante con una población mundial en constante crecimiento, sin perder calidad de vida sino mejorándola, y sin caer en la tremenda catástrofe climática que afectará a nuestras descendencias si llegamos a superar los 2ºC de aumento de temperatura global, no podemos prescindir, bajo ninguna razón ni errado preconcepto, del uso de la Energía Nuclear.
